El dramaturgo regresa a nuestra ciudad con una adaptación de Panorama desde el puente, uno de los grandes textos de Arthur Miller.
En la obra se exploran las tensiones humanas, los celos y la inmigración. El reparto principal está formado por: José Luis García-Pérez (como Eddie Carbone), María Adánez, Ana Garcés, Pablo Béjar, Rodrigo Poisón, Francesc Galcerán, Manuel de Andrés y Pedro Orenes. La función llegará el 24 de octubre al Teatro Adolfo Marsillach (TAM) en una versión que Galán ha construido desde una premisa aparentemente sencilla: intervenir lo menos posible para permitir que el espectador escuche a Miller siete décadas después.
Pero este regreso tiene, además, un componente personal. Antes de convertirse en dramaturgo y productor, Galán fue profesor de Literatura en el IES Julio Palacios de San Sebastián de los Reyes
—¿Qué relación mantiene con San Sebastián de los Reyes?
—Es idílica por mi vinculación como docente, en unos años para mí muy importantes, porque estaba empezando como escritor y todavía no era productor. Aprendí muchísimo de mis alumnos. Y, por otro lado, porque, desde el principio, los programadores del Teatro Adolfo Marsillach confiaron en mis proyectos como productor y hemos estrenado allí numerosas veces intentando no defraudar.
—Han pasado más de 70 años desde que Arthur Miller escribió Panorama desde el puente. ¿Por qué sigue vigente?
—Lo interesante de Arthur Miller es que el conflicto en sus grandes obras siempre es la familia. Pero no la familia aislada. Siempre la enlaza con un contexto social, porque somos individuos que vivimos en sociedad. Cómo influye el contexto social en la familia y cómo influye la familia en la sociedad: ahí tienes los dos conflictos de su obra.
—Y en Panorama desde el puente esos dos planos aparecen claramente.
—Sí. Por una parte está la pasión, el amor prohibido, aquello que está condenado social y moralmente. Eddie Carbone es fundamentalmente una buena persona, con sus contradicciones. Quiere a su mujer y quiere a su sobrina, pero aparece un sentimiento que es incapaz de resolver y que le conduce a la destrucción.
Y eso lo mezcla con una problemática social: la llegada de dos inmigrantes italianos ilegales a los que acogen en su casa. Ahí aparece el conflicto de la inmigración.
—¿Esa vigencia es una de las razones por las que usted eligió esta obra?
—La elegí porque mi modelo siempre fue Arthur Miller. Cuando me preguntan quién ha influido en mi escritura, digo que Arthur Miller y Tennessee Williams, pero más Arthur Miller. Su realismo me llega al corazón y quiero que llegue también al público. Buscamos una historia que, aunque hable desde el pasado, nos hable a nosotros.
—En su versión parece pesar especialmente el drama humano.
—Es que es la tragedia griega: los conflictos de los seres humanos que no pueden solucionar los hombres con leyes. No hay una ley que controle lo que tú sientes. Puedes regular las acciones; lo que una persona siente, no. Y cómo te comportes con esos sentimientos tampoco.
Ese sentimiento es el que domina a Eddie Carbone: no su posición política ante la inmigración, sino los celos.
—¿Cómo se adapta un texto así sin traicionarlo? ¿Qué era intocable para usted?
—Los conflictos. El conflicto humano, el familiar y el social. Y que aparecieran unidos, porque están unidos desde el principio. Miller es muy sabio: no te da solo un drama familiar, lo complica para mostrarte lo difícil que es resolver todo.
Me parece mucho más difícil crear un obra original. Porque yo parto siempre del respeto a lo que creo que el autor original ha querido decir. E intento, en caso de venir del inglés, respetar el lenguaje, no solo el estilo.
— Y a pesar de ello, como adaptador, también se puede apreciar la mano de Eduardo Galán. ¿Dónde podemos reconocerla?
—En el respeto. Aquí el público va a ver a Arthur Miller, no me va a ver a mí. Lo más importante es que nadie piense que hay un adaptador, sino que crea que está escuchando directamente a Arthur Miller. Ese es mi reto y mi deseo.
—¿Qué aporta a esta versión la dirección de Javier Molina?
—Queríamos que fuera un proyecto norteamericano en la medida en que estamos haciendo una obra de Arthur Miller con ojos españoles, pero el director es neoyorquino. Javier Molina procede de una familia puertorriqueña y tiene una formación profesional norteamericana. Además está vinculado al Actors Studio y ha trabajado con los actores desde esa búsqueda de la verdad del personaje.
También el diseñador de vestuario, Emilio Sosa, tiene esa doble raíz. Todo eso se ha fundido en el montaje, junto con un reparto español, y ha sido muy interesante.
—Miller plantea preguntas, pero no ofrece soluciones. ¿Qué preguntas quiere que dejar hoy en el espectador?
—Dos. Una personal: ¿cómo debemos actuar cuando nuestros sentimientos nos proponen algo contrario a nuestro mundo, nuestra ideología o nuestra forma de pensar?
Y otra social: qué hacemos con la inmigración, con los extranjeros, ¿los adoptamos, adaptamos e integramos o los excluimos? Es un tema absolutamente actual, no solo en España sino en Europa y Estados Unidos. ¿Cómo queremos nuestras sociedades? Miller no responde. Nos lo presenta y tú decides.
—Si Arthur Miller pudiera sentarse el 24 de octubre entre el público de San Sebastián de los Reyes, ¿qué cree que le sorprendería?
—La actualidad. Que no hayamos cambiado. Que sigamos viviendo los mismos conflictos. Los conflictos humanos van a seguir existiendo, pero tampoco hemos resuelto el conflicto social. Seguimos teniendo problemas muy parecidos a los que él planteaba en el Nueva York de los años cincuenta del pasado siglo.
—¿Qué le diría hoy aquel profesor de Literatura a un adolescente para motivarle a leer e ir al teatro?
—Que se atreva a leer diez minutos algo que le interese. Y ya verá. Que deje el móvil aparcado diez minutos y pruebe.
Y con el teatro, que no empiece con teatro clásico; que empiece viendo algo con lo que pueda conectar, una comedia, algo con lo que se vaya a reír. Y ya irán elevando ellos sus inquietudes culturales.
Pero es difícil. Antes no teníamos tantas distracciones, había menos tentaciones con las que ocupar tu tiempo libre.
Pero esta es mi reflexión: ¿no estaremos confundidos los mayores pensando que los jóvenes no van a ser más listos que nosotros porque acceden al mundo del conocimiento de otra manera diferente?
Pensamos que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero igual estamos confundidos. Igual van a ser más listos, van a crear una sociedad más justa, no lo sé. No lo veré. No lo veremos. Pero confiemos en ellos.
La Plaza de Sanse